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miércoles, 23 de julio de 2008

Una herida de lápiz

En el tercer piso del aula y la mesa más cercana al pizarrón, estaba sentada tratando de resolver los problemas de trigonometría que eran de tarea para esa clase. Mi lápiz casi quemaba el papel de tan rápido que lo movía en la hoja de mi libreta intentando terminar antes de que la maestra llegara, pidiera la tarea y empezara la clase. Sólo me faltaba el último cuando un compañero se sentó a mi lado y otros dos se pararon frente a mí. Todos reían entre dientes intentando disimular su felicidad, o su burla.
“Lucy,” miré de reojo a Gibran, el que estaba a mi lado “¿es cierto que la primera vez que besaste a Arnau estabas… borracha?”
En ese momento, todos estallaron en carcajadas, sentí como mi rostro se llenó de rabia, estaba roja, y eso los hizo reír aún más. Incluso otras personas que estaban en el salón voltearon a ver, contagiados de risa.
Tic.
“¡Au!” Estaba a punto de gritarles en la cara cuando me di cuenta que mi lápiz se había partido en dos dentro de mi puño y unas gotitas de sangre se incorporaban a mi tarea. Sacudí mi mano lanzando los trozos del lápiz ensangrentados, me miré la palma y la rajada aún tenía astillas, se veía horrible.
“¡Lucía, ¿estás bien?!”
“Tienes que ir al baño, a lavarte,”
“Sí, sino se te va a infectar.”
“Lárguense.” les contesté gruñendo con una de esas miradas asesinas. Qué desgracia que no pude pensar en otra manera de desquitar mi ira. Inmediatamente se alejaron de mí, haciendo espacio para que respirara y me tranquilizara un poco, pero mis manos seguían temblando del enojo. Si intentaba sacarme las astillas, me iba a abrir más la herida. No tuve remedio mas que fingir que estaba normal y acomodé mi mano boca arriba sobre mi pierna. Sólo tenía que esperar una hora, después iría a la enfermería para que me dieran un curita.

Fue la hora más larga de todas las que había vivido en la escuela, sobretodo porque ahora tenía que escribir con la zurda, ni siquiera entendía los garabatos que escribía. Pero, más importante que eso, ¿quién le había dicho a Gibran y sus compinches sobre ese acto inconsciente que me había costado tanto esconder?
Vagando en mis recuerdos encontré el archivo de esa velada. Mi cerebro era como una computadora: recordaba con exactitud todo lo que hacía; pero no me era tan fácil olvidar como hacer clic en eliminar.

Un día, después de haber conocido a Arnau hace unos meses, salimos al parque. Dos semanas después salimos otra vez a una reserva natural. Él sabe cómo me encanta la naturaleza, por eso me lleva a esos lugares tan pacíficos y tranquilos que me vacían los pensamientos y me enfocan en el momento. Esas dos veces me miró a los ojos y me dijo con una voz suave de ensueño “Te quiero y mucho”. Esas palabras que tanto odio, esas palabras que se roban la diversión y me hacen pensar de nuevo en cómo contestar la pregunta que se avecina, ¿debo ser dulce o realista y cruel?, casi siempre optaba por la segunda opción. “¿Quieres ser mi novia?” ahí está la pregunta, ahora toca mi respuesta.
“No.” Parecía que la palabra salía desde mis adentros, con tanta indiferencia y monotonía que hasta yo misma me sentía mal, mas nunca me arrepentía.
Y él me miraba, no con tristeza, sino con unos ojos disgustados, casi enojado, como si vieran el fondo de mi cabeza, mi corazón, como si él me conociera más a mí que yo a mí misma. En ese momento me olvidaba de mi lástima y rompía el contacto visual irritada.

Un mes después me invitó a salir, no me dijo a dónde. Simplemente condujo entre las calles de la ciudad, nos estacionamos, caminamos hombro a hombro en la oscuridad de la noche hasta llegar a nuestro destino.
“Un antro” miré el lugar por fuera, estaba lleno de gente y luces de colores. El aire arrastraba consigo el olor a cigarro y licor. Era desagradable, no me gustan esos lugares. Volví mi cabeza hacia él “Arnau, ¿porqué me trajiste a un antro?”
“Sólo quiero que conozcas más tu ciudad, es todo. Cultura general.” Se rió entre dientes como si estuviera tramando algo, pero creo que más bien se reía de mi cara de asombro y disgusto.
“Ugh.”, miré de nuevo hacia al frente, donde se encontraba mi destino de ésta noche, luego volteé hacia ambos lados para cerciorarme de que no vinieran carros y cruzamos la calle.

Dentro del lugar, las luces se movían al ritmo de la música y el calor humano comenzaba a agobiar mis sentidos. El bullicio más el sonido era aún más molesto, ensordecedor. Arnau comenzó a arrastrarme hacia donde la mayoría de la gente estaba bailando, aunque a mi me parecía que todos bailaban en todos lados. Varias de las fulanas que estaban dentro lo miraban como si quisieran pasar la noche con él, que asco. Es cierto que Arnau era alto y fornido, guapo. No quería ni imaginarlo dentro de ese mar de alimañas. Entonces lo tomé fuerte del brazo para que me volteara a ver, y como sabía que ni gritando iba a lograr que escuchara mi voz, le dije mediante señas que no quería bailar, la verdad no bailaba. Él me entendió de inmediato y cambiamos de dirección en sentido contrario hacia el bar. Como estaba lejos de la música entonces podíamos escucharnos un poco, pero seguía siendo incómodo tener que estar ahí, gritando. Aún así era tolerante, después de todo él y yo siempre íbamos a lugares de mi agrado, supongo que le tocaba escoger a él y no está en mi naturaleza ser una aguafiestas, creo que podía sobrevivir una noche. Pero a partir de ahora le preguntaría a dónde me llevaría, porque realmente no me gusta éste lugar.

Al día siguiente, entre la garganta seca, el dolor de cabeza, el asco y los vómitos, logré pegar sucesos de la noche anterior en mi cabeza. Creo que perdí la cuenta de los vampiritos que tomé, Arnau estaba siendo muy gracioso y cuando salimos del lugar terminó coqueteándome, fue entonces que lo besé. Creo que mi ebriedad cedió a la pasión, sus labios suaves y decididos contra los míos, mis manos en su cara, su cuello, las suyas firmes y provocadoras en mi cintura, mi cuerpo contra el suyo… ¡Dios mío!
“¡Mamá!” le grité desde el baño donde estaba inclinada, preparada para vomitar de nuevo. “¡Mamá!” no sabía si quería saber que había pasado después. Entonces abrió la puerta y volteé hacia el umbral, allí estaba ella, irritada, supongo que era de esperarse.
“¿Qué pasó Lucía? No es necesario ir con el doctor, cuando termines aquí, bajas a comer porque ya voy a limpiar la cocina y no pienso recogerla después porque tengo un compromiso y…”
“No, no, no,” tomé una ligera bocanada de aire, lo suficiente para hablar y no vomitar de nuevo. “Ma, ¿a qué hora regresé ayer?”
“Ayer, Lucía,” me contestó enfadada “Arnau te trajo antes de que dieran las 10 de la noche, ¡no puedo creer que pierdas el control de las bebidas que tomas en menos de una hora! ¡Eres tan irresponsable, y es tu propia salud, tienes que estar más consciente de tus acciones, jovencita…” Ya había comenzado con el sermón, no tuve mas remedio que fingir uno de esos asquerosos sonidos de vómito para que me dejara en paz. “Lucy, ya sabes, a comer cuando termines.” Y cerró la puerta.
Gracias a Dios, no pasó nada esa noche, aún era inocente, aún conservaba mi castidad. Suspiré en alivio, pero las ansias de volver a ver a Arnau no se disiparon en lo más mínimo.

El dolor en la palma de mi mano me bajó de la luna justo antes de que la maestra terminara la clase. Guardé mis cosas con mi mano buena, me colgué la bolsa en el hombro y salí del salón después del resto de mis compañeros. Gibran y compañía me veían preocupados pero con ligeras sonrisas asomándose por sus bocas. Fruncí el ceño. Nadie más sabía lo que había hecho, habíamos ido a un lugar donde no había nadie conocido. Fue Arnau, él les dijo. Ya iba a ver, me lo voy a poner como camote. En cuanto lo vea va a lamentar haberme dejado embriagarme sola esa noche. Y para mi felicidad, ahí estaba él, recargado en la pared a lado de la puerta esperando a que yo saliera para escoltarme a mi próxima clase.

Me miró con una sonrisa que le llegaba hasta los ojos, estaba verdaderamente contento de verme, pero cuando se dio cuenta de que yo no estaba tan alegre, cambió la cara y antes de pronunciar una palabra le hablé.
“Arnau.” mi voz desafiante, pero antes de poder seguir, vio la palma de mi mano manchada y herida. La tomó en contra de mi voluntad.
“Lucy, ¿qué te pasó?” su expresión preocupada, dulce, consoladora y un ligero toque de decepción por no haber podido protegerme. Sin duda me enamoré del hombre correcto, pero no es el momento para dejarme querer, ahora estoy enojada. Liberé mi mano de la suya y la sostuve con la mía propia contra mi pecho.
“Fue por tu culpa.” Le dije. Frunció el entrecejo tratando de entender. “Eso me pasa por tus charlas sobre mi vida personal.”
“Ah,” entonces entendió, pero evadió el tema. “¿Quieres culparme por tu malestar cuando yo soy quien más cuida de ti?” Me enfurecí, ¿cómo se preocupa por mí y me deja embriagarme? Que incoherencia, ahora si me dan ganas de matarlo, siento la ira en mi sangre, mis puños cerrados con fuerza, el dolor de mi mano era insignificante contra los sentimientos que ahora están recorriendo mis venas. “¡No! ¡Te vas a lastimar más!” Intentó tomar mi mano de nuevo pero la moví hacia atrás rápidamente.
“¡No me toques!” le grité. Los pocos espectadores veían la escena en suspenso, casi divertidos.
“Te voy a llevar con un doctor,” No fue una pregunta “eso se ve muy mal.” Dijo indicando mi mano, aún suspendida en el aire detrás de mí. Se acercó para tomarme, pero actué rápido.
“No quiero ir con ningún doctor,” le dije entre dientes “si intentas cualquier cosa, ¡te juro que me abro esta herida!” lo dije con tanto odio que las exclamaciones de las personas viéndonos resonaron en el aire. Los dedos de mi mano izquierda amenazando la herida de la derecha.
“No entiendo cómo esos dos son novios, parece que están a punto de asesinarse el uno al otro.” El susurro de Gibran a sus amigos era irrelevante en este momento. Mi mirada y mis pensamientos estaban fijos en Arnau y en nadie más.
“No quieres hacer eso.” Se metió las manos a las bolsas del pantalón "Sabes Lucía, las cicatrices no son sensuales.” Sonrió sarcásticamente. Otra vez con sus chistecitos, ya saltaban las venas de mi frente y él estaba cada vez más cerca de su muerte.
“Ah, creo que es buena idea. Sabes, una cicatriz te recordaría toda la vida lo que te costó una plática imprudente con tus amiguitos.” Lo estaba culpando de nuevo, eso no le gustó. Sacó los puños de las bolsas y nos miramos con rabia por un largo minuto.
“Como quieras.” Dijo relajándose. Yo había ganado. Claro que debía de ganar, yo fui la afectada, ¡dos veces! Primero porque mi desagradable secreto sobre mis acciones inconscientes había sido revelado y segundo, porque me enterré un lápiz en la mano. Creo que lo dejaría vivir bajo libertad condicional, eso sería divertido.

Pasé por su lado sin siquiera mirarlo, con una gran sonrisa en mi cara y cuando estaba a punto de bajar las escaleras, alguien toma mi mano derecha, claro que sabía quién era.
“¿Qué…? ¡No!” me tomó fuerte de la mano de manera que nuestras palmas estaban encontradas y no podía atentar con herirme, y en el mismo segundo deslizó su brazo libre por debajo de mis rodillas para cargarme, en contra de mi voluntad, claro. “¡Bájame!” le supliqué. “¿Porqué haces esto?, ¿Arnau, porqué me haces esto?” me sentía intimidada en sus brazos, me manejó tan fácil, como si estuviera haciendo malabares con una manzana. Me apretaba contra su pecho, cálido y firme, y sentí cómo se aceleraba mi pulso. No es justo, ¿cómo quiere que me enoje con él si me hace esto?
“Estás mal. Tu mano está mal y tú estás mal. Necesitas ir con un doctor y yo te voy a llevar, quieras o no.” Sus palabras eran decididas, pero el ligero tono de preocupación no había desaparecido de su voz. Supongo que lo podía liberar de su sentencia, después de todo, talvez sí tenía razón. Aún así no me gustaba que me cargaran, mucho menos en un lugar público. Gracias a Dios, hacía varios minutos que había comenzado la siguiente clase y no había mucha gente deambulando en el campus. ¡La siguiente clase!, no me puedo atrasar.
“Arnau,” habíamos llegado al final de las escaleras “yo puedo caminar, no quiero que te lastimes la espalda por mi culpa.” Era un plan con maña, pero mi voz se escuchó sincera.
“¿Crees que no te conozco?” me contestó, mirándome con esos ojos de disgusto que penetraban el fondo de mi ser. “Eres tan terca como yo, así que por nada del mundo te voy a soltar hasta que estés bien amarrada al asiento del carro… además, no pesas nada.” En ese momento me dieron ganas de engordar, de convertirme en un hipopótamo o, mejor aún, en un elefante, para que se cayera por mi peso y se le quebraran las rodillas por hacerse el chistoso. ¿Cómo no voy a pesar nada? ¿Qué se cree, Superman? ¡Ja! Pero decidí dejar la discusión, él ya me había ganado.

Cuando llegamos al auto él abrió la puerta del carro, con un poco de dificultad por estar sosteniéndome con ambas manos y antes de que se inclinara para dejarme en el asiento, suspiré y relajé mi expresión, lo tomé de la cara por la mejilla y torné su rostro hacia el mío. Estábamos tan cerca que nuestras narices casi se tocaban y él me miraba fijamente con esos ojos cafés que no podía evitar dejar de mirar. Mi pulso se aceleró de nuevo, creo qué él lo sintió porque esbozó una ligera sonrisa por la cual mis mejillas se enrojecieron.
“No te voy a matar… lo prometo.” Le dije en un susurro. Ahora me miró extrañado pero un segundo después sonrió hasta los ojos. Sin dejar de mirarme se inclinó para dejarme en el asiento y me amarró con el cinturón de seguridad. Cerró la puerta y lo seguí con la mirada mientras rodeaba el carro hasta el asiento del conductor. Se introdujo y entonces encendió el motor.

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